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BAJA CALIFORNIA  
 

Mario y el “Club” Tijuana

Antonio Heras / Julieta Martínez

Mario es una de las 16 mil víctimas de explotación sexual infantil. Su caso retrata la realidad que lacera a las llamadas “ciudades de riesgo” como Tijuana y Mexicali.

 

 


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La vida lo llevó a Tijuana, espacio natural para la explotación sexual infantil. Mario fue obligado a prostituirse desde los siete años por una banda que hizo de su piel la moneda de cambio para sobrevivir. Oaxaqueño de origen, el niño logró ganarse el sustento con su cuerpo durante casi una década.

A los 16 años llegó al Centro para la Protección Social de la Niñez del DIF-Tijuana. Él es más que una estadística de los menores de edad explotados sexualmente, y uno de los pocos que acuden a pedir apoyo. Es una historia de las miles que se encuentran en las “ciudades de riesgo”. Una de las 536 víctimas que lograron rescatar las autoridades en 2004.

Entre sus planes se encuentra superar los sufrimientos, estudiar “duro” para terminar la secundaria y los cursos de idiomas y, después, cursar la carrera de medicina. Sueña con ser doctor. Está ahí desde hace un año, confiado en que logrará recuperarse de sus sufrimientos. En tanto, se lame las heridas.

 

La historia

 

Su calvario inició a los siete años de edad cuando presenció el asesinato de su abuela. Los autores del crimen lo condujeron a un sitio totalmente desconocido, lejos de su pueblo natal cuyo nombre quedó en el olvido.

Su suerte está echada y reconoce que en un lugar de prostitución infantil hizo “cosas” que deplora pero que le permitieron sobrevivir al contar con un sitio para dormir y comer.

Hasta el año pasado era, prácticamente, un esclavo de un prostíbulo donde “trabajaba” con otros niños y adolescentes, atendiendo a clientes, exclusivamente hombres, la mayoría procedentes de los Estados Unidos.

Sus historias lo ubican como testigo de circunstancias adversas en perjuicio de seres indefensos que terminaron muertos cuando enfermaron o intentaron escapar. Sus cuerpos, asegura, están enterrados en el patio de la finca donde se les mantenía confinados.

“Es difícil hablar de esto porque sé que ya pasó pero no sé si me van a criticar por lo que hice y si ellos -quienes lo explotaban- van a dar conmigo. La verdad sí me da miedo porque sé que si hablo mucho pueden matarme como hicieron con muchos otros”, refiere al relatar su experiencia.

A pesar de ello, decide hablar.

Un grupo de desconocidos acabaron con la vida de su abuela y luego, sin saber cómo, se encontró en el interior de un vehículo que lo llevó hasta el aeropuerto, donde lo obligaron a subir a un avión.

No tiene más recuerdos, acaso escenas de violencia y el temor que le hizo orinarse en el automóvil que lo alejó para siempre de donde nació y que lo acercó a una vida llena de sufrimientos y dificultades.

En ese entonces hablaba sólo zapoteco. Como preámbulo de lo que le esperaba sufrió todo un día solo en una central aérea, donde trabajadores le hacían preguntas que no entendía. Ya de noche, una mujer que dijo llamarse Cirila le habló en su lengua y dijo ser su madre. Sintió alivio.

A su corta edad no sabía leer ni escribir. Tampoco entendía el español.

Su nueva vida duró una semana porque su madre lo echó del hogar porque denunció que había descubierto al esposo de quien dijo ser su madre besando a otra mujer. Cirila lo acusó de haberle “destrozado la vida” y lo echó a la calle.

 

Los victimarios

 

De nuevo en el pavimento, no supo qué hacer y sólo atinó a caminar sin rumbo pese al miedo y hambre que sentía. No recuerda si pasó días u horas en esa situación cuando un hombre que trabajaba como chofer de tráiler lo recogió y cuidó unos meses. Luego vivió con unos estadounidenses de donde escapó por un problema familiar.

Con 600 pesos en la bolsa regresó a las calles y ahí inició su experiencia como sexoservidor porque se encontraba en un café de atención rápida donde entró a comprar “algo” con las últimas monedas que tenía, justo en donde estaba la mujer que lo explotó durante años.

El encuentro no pudo ser más accidental: acababa de pedir un café con pan cuando volteó y tropezó con una mujer -cuya identidad se reserva- y de manera accidental le tiró la bebida encima.

Fue suficiente para que esta persona le hiciera plática. No le reclamó, al contrario, se mostró amigable y le preguntó el por qué la agredía de esa forma y con ello se ganó la confianza del niño que la siguió hasta el lugar donde permaneció varios años. Lo enganchó.

Ahí le ofrecieron comida, ropa y techo a cambio de “algo” que no se le dificultaría.

No recuerda cómo fue la primera vez que abusaron de él, pero sabe que es una escena que se repitió incesantemente y que cuando se dio cuenta ya atendía a los “clientes” -todos hombres- que la “patrona” le imponía.

Algunos se mostraban “amables”, pero otros eran sadomasoquistas y llegaron a golpearlo hasta dejarlo inconsciente. En una ocasión se negó a ir con un hombre con antecedentes de golpeador, lo que provocó que la “patrona” lo abofeteara. La respuesta fue la misma: una cachetada que propició que nunca más le pusiera una mano encima.

Para entonces habían pasado algunos años (no recuerda cuántos). En esa marejada, su vida cambió: ya le interesaba vestir bien y cumplirse algunos caprichos.

Mario advierte que nunca se drogó por voluntad propia aunque reconoce que en una ocasión le pusieron “algo” en una bebida. Cuando despertó supo que su cuerpo sirvió para hacer todo tipo de prácticas sexuales.

Hubiera continuado con esa vida por tiempo indefinido, pero un homosexual que trabajaba en la casa le advirtió que la patrona lo había vendido.

No lo creyó, pensó que se trataba de una estrategia para sacarlo del lugar y quedarse con su posición, pero otra persona le hizo la misma advertencia.

El comprador era precisamente aquel hombre golpeador, por eso decidió escapar.

Acepta la entrevista pero se niega a informar la ubicación del lugar donde lo explotaron durante años porque sabe que le puede costar la vida.

“Cuando uno de nosotros se enfermaba o se rebelaba todo se arreglaba con un balazo y ahí terminaba” en una fosa clandestina.

Publicado en: Agosto 2005



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