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BAJA CALIFORNIA  
 

Mujer emigrante: historia de dolor

Julieta Martínez

Para las indocumentadas centroamericanas su paso por México se convierte en una prueba de vida, las emigrantes se enfrentan con mayor vulnerabilidad a delincuentes y autoridades corruptas que buscan algún beneficio: desde el económico, producto del robo o la extorsión, hasta el placer de abusarlas sexualmente o asesinarlas

 


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Huir de la pobreza y el peligro que entraña su tierra natal era el objetivo principal de Rita, quien en abril pasado emprendió una ardua y dolorosa travesía de El Salvador al “sueño americano”, pero que, como muchos emigrantes, aún no logra cumplir: desde hace tres meses la joven se encuentra varada en Tijuana, a la espera del momento para cruzar la frontera a Estados Unidos.

A Rita nadie le dijo que en México las indocumentadas son el “botín” favorito de bandas delictivas y de autoridades corruptas que viven de ellas, hasta que llegó a Río Blanco, Veracruz. Entonces viajaba como “colgada” –igual que otros 400 indocumentados, aglomerados en contenedores, pipas y furgones– en el tren que procede de Chiapas. Y aunque el traslado es clandestino, la salvadoreña de 33 años reconoce que pagó una cuota por su lugar.

En el camino, sus compañeros de viaje la alertaron de una banda que opera en esa zona y le proporcionaron ropa de caballero. Rita tuvo que disfrazarse de hombre para evitar ser abusada sexualmente. Los hombres avisaron al resto de las mujeres, quienes decidieron abordar de inmediato el siguiente tren, pero Rita estaba cansada y quiso aguardar al lado de su hijo de 18 años.

Antes de que el tren detuviera su paso, los miembros de la banda se apersonaron. El numeroso grupo iba en busca de las mujeres, y Rita, trasformada en hombre, fue testigo de la forma como opera esta pandilla. Usan a un niño pequeño, de apenas unos 11 años de edad, que está encargado de hacer el primer contacto con las recién llegadas para “hacerles plática”. La intención es ganar su confianza a fin de que los hombres pudieran acercarse y forzarlas a subir a los vehículos en que llegaron.

Sin embargo, alguien advirtió del riesgo y antes de que esos individuos lograran su objetivo, varias mujeres subieron de nuevo al tren que en ese momento salía, mientras Rita observaba la situación.

Los miembros de la banda conocen la vulnerabilidad de las mujeres centroamericanas y saben perfectamente que, en su calidad de indocumentadas, no sólo carecen casi por completo de garantías, sino que además es poco probable que denuncien las violaciones en su contra.

Protegidos por la impunidad, los delincuentes no cesan el acoso, y si en una ocasión fallan y no atrapan ninguna víctima, simplemente regresan cuando llega otro tren “cargado” de indocumentados.

Pero las pandillas no son las únicas que operan, también los policías veracruzanos, que al ser alertados del arribo de emigrantes despliegan operativos en la zona. Suceso que también presenció Rita; para entonces la salvadoreña prefirió entregarse antes de huir porque su hijo, que viajaba con ella, salió corriendo.

El supervisor a cargo del operativo, de 23 años de edad, observó a la mujer y advirtió que la única forma de no ser deportada era a través de su cuerpo. Según el policía “todas las mujeres hacen eso”: a cambio de su libertad para continuar en México, las extranjeras acceden a tener relaciones sexuales con las autoridades.

Pero Rita se negó a hacerlo y advirtió que prefería ser deportada. Entonces el agente comenzó a masturbarse frente a ella y luego la dejó ir.

La travesía

 

Transcurrieron cuatro meses desde que salió de su país y llegó a esta frontera, fue una travesía llena de experiencias amargas que comenzaron apenas llegó al sur de México, según recuerda.

La primera prueba la vivió en el tren, en el trayecto de Chiapas a Veracruz: un joven murió despedazado por las ruedas metálicas de varios vagones cuando intentaba subir al ferrocarril. El vehículo iba en marcha y él, que caminaba con un grupo de hombres, quiso abordarlo. Una parte de su cuerpo quedó en manos de un hombre que trató de ayudarlo ante la inminencia del accidente, "las ruedas prácticamente lo chuparon", relata la salvadoreña.

"Fue algo horrible que no pudimos evitar. Todos quisimos ayudar, pero no pudimos. Lo único que se nos ocurrió fue pedirle al maquinista que se detuviera, y cuando lo hizo, el muchacho ya estaba muerto", relata y se estremece.

Como la mayoría de indocumentados sudamericanos, Rita pagó su “pasaje” para viajar desde Chiapas, aunque no como pasajera, sino sobre un furgón lleno de piedras. Todo el camino sufrió por la polvareda que se levantaba a cada movimiento brusco del contenedor.

Hay quienes pagan por el "derecho" de viajar de esa forma. La cuota les permite no ser detenidos por el personal del Instituto Nacional de Migración que verifica los trenes. Los que no pagan sí son detenidos. Lo más seguro es que el joven que murió en las vías del tren no tuvo para pagar la cuota y por eso caminaba.

Antes de abordar el ferrocarril, Rita tuvo que pernoctar en un paraje. Durmió con temor de ser descubierta por los pandilleros de la "Mara Salvatrucha" que deambulan por el lugar, precisamente en busca de centroamericanos indocumentados para asaltarlos.

Para entonces conocía los alcances de esa banda delictiva, originaria de su propio país, El Salvador. Su hijo, de 18 años de edad, fue "invitado" a ingresar a la pandilla, y ante su negativa, los pandilleros casi lo mataron porque no aceptan rechazos. El joven y Rita decidieron que lo mejor era salir de El Salvador para huir de la banda.

 

Vida difícil

 

Huérfana de madre, Rita escapó de la mala situación de su hogar cuando tenía 12 años de edad, y apenas cumplió 13 dio a luz a su primer hijo. Con él salió de su país, quería alejarlo del peligro de la "Mara", pero en la mitad del camino a esta frontera un hombre que se decía abogado le prometió al joven un "negocio" muy rentable con la venta de actas de nacimiento mexicanas a los centroamericanos.

El hijo de Rita fue deportado a su país y el hombre se encuentra preso por delito de venta y falsificación de documentos oficiales.

Mientras, ella consiguió trabajo como cocinera en un albergue para mujeres, a donde llegó por recomendación de un juez calificador de Tijuana quien se conmovió al conocer su historia. Ella misma se entregó a la policía para que la deportaran a El Salvador. Se había cansado del acoso masculino.

Decidió terminar su viaje pese a saberse a un paso de su destino, Estados Unidos, ante los requerimientos amorosos de un hombre que conoció en su trayecto de Puebla a Tijuana, y de la hostilidad con que la familia de éste la recibió en su casa.

Salió de la casa donde había aceptado refugiarse mientras contrataba quién la cruzara “al otro lado”, y paró la primera patrulla que pasó por el lugar; confesó su situación migratoria a los agentes que la tripulaban, quienes la llevaron ante el juez calificador.

La buena suerte, dice ella, le permitió "caer" en manos de un policía honesto, que no se aprovechó de su situación. Eso se lo dijo el juez calificador: "Con ustedes, las centroamericanas, hacen lo que se les pega la gana", le advirtió el funcionario.

En su caso, lejos de abusar de ella los policías la trataron bien, por instrucción del juez la llevaron a un albergue para mujeres, le ofrecieron apoyo y hasta cinco dólares le regaló uno de los oficiales.

Ahora se encuentra a punto de cruzar a Estados Unidos. Sigue su trabajo como cocinera mientras espera a su hijo, varado en Estados Unidos por la serie de huracanes que se registraron en la región sudamericana.

Su hija, de 11 años de edad, también espera a que envíe por ella en el hogar de una amiga de Rita, a quien considera su madre.

Legislación urgente

El incremento de la migración femenina hacia Estados Unidos prende los focos rojos en la Cámara de Diputados –federal–. El órgano legislativo se mantiene atento esta situación en busca de soluciones, asegura la legisladora por Baja California, Ruth Hernández Martínez, integrante de la Comisión de Población, Fronteras y Asuntos Migratorios.

Es indudable que la migración tiene su origen en la pobreza, y que la mujer es la que sufre más por esa situación, y como resultado ha decidido salir de su casa a buscar mejores oportunidades para su familia, sobre todo cuando es el único sostén para sus hijos, dice.

La diputada de extracción panista reconoce que los peligros que tienen que enfrentar esas mujeres para llegar a Estados Unidos no son desconocidos. La legisladora acepta que hay bandas delictivas que han hecho de las emigrantes centroamericanas sus víctimas favoritas.

No son las mismas condiciones de inseguridad que enfrentaron aquellas mujeres y hombres que emigraron hace 20 años, porque si bien existían esos peligros, ahora hay quienes se dedican específicamente a lucrar con las necesidades de gente que se ve obligada a salir de sus hogares.

Están desde las bandas de traficantes de personas hasta aquéllas especializadas en robar y violar. En el caso de las mujeres, independientemente de su edad, es doble el riesgo. Por ello, señala Hernández Martínez, es una situación muy delicada que llevó a la Cámara de Diputados a analizar soluciones independientes de la atención al problema de la migración.

"Cuando analizamos la problemática de los emigrantes lo hacemos de forma integral, es decir, hablamos de mujeres, hombres y niños, pero el asunto es que tenemos que empezar a disgregar, a ver la problemática que cada uno de ellos enfrenta y buscar la manera de atenderlos y tomar todas las medidas necesarias".

En particular debe considerarse la problemática de las centroamericanas quienes, para nadie es un secreto, sufren penurias similares a las que enfrentan las mexicanas, pero agravadas por su condición de extranjeras.

Por ello, la frontera sur de México requiere ser vigilada, pero no sólo para evitar la migración indocumentada a suelo nacional, sino para proteger a quienes logran cruzar porque está llena de peligros. La diputada bajacaliforniana afirma que ya se trabaja en coordinación con las autoridades de diferentes niveles, organismos de la sociedad civil e instituciones académicas, para establecer una ley específica para aquella zona.

Aprovecha para justificar la presencia policíaca en la frontera sur del país, para que lo mismo vigile que no ingresen indocumentados y defienda a las víctimas de la violencia. Uno de los puntos que mayor presencia policíaca amerita es Chiapas, por donde cruzan los indocumentados, y estaciones del tren donde llegan procedentes de Sudamérica, en especial la de Río Blanco, en Veracruz.

Ahí se ha detectado que llegan mujeres y hombres procedentes del sur, y la presencia de asaltantes y pandilleros que se dedican a asaltarlos. Algunos especializados en abusar de las mujeres. (Julieta Martínez)

 

 

Vulnerabilidad en la frontera

El coordinador del Corredor Binacional, Jorge Bedoya, asegura que las mujeres durante su trayecto se enfrentan a la corrupción, y los encargados de salvaguardar su seguridad son los primeros en violarlas, robarlas o secuestrarlas

Esto sucede con las emigrantes de países centroamericanos, "es una realidad que viven mucho más que las connacionales". Los riesgos mayores se encuentran en los puntos de enlace, sobre todo en Ocosingo o Veracruz, en las rutas establecidas de la migración y el enganchador tiene detectados los puntos por donde van a cruzar. "Son tierra de nadie" reconoce.

¿Un emigrante a quién va a denunciar?, cuestiona Bedoya y comenta que no denuncian por temor, por las amenazas y por los trámites burocráticos, toda vez que pesa sobre la familia la ira de los delincuentes. "De ahí que se registre una violencia, impunidad y corrupción generalizada". Bedoya señala que no hay castigos y son inmunes porque la ley tiene huecos grandes y se reporta la colusión de las autoridades, lo que termina por que estén totalmente indefensas.

Explica que además ahora se encuentran con otra realidad, porque los "polleros" (traficantes de indocumentados) son delincuentes que dejaron de dedicarse sólo a cruzarlos hacia territorio estadounidense para convertirse en asaltantes, violadores, secuestradores e, incluso, tratantes.

El activista de los derechos humanos afirma que esta condición se registra al encontrarse la mujer en un lugar desconocido, sin dinero, y que las convencen sin saber que las prostituirán, estarán esclavizadas como en los tiempos de las "tiendas de raya" del porfiriato.

Bedoya puntualiza que las cruzan a los Estados Unidos y las ubican en campos agrícolas, donde viven en casuchas, pero son explotadas sexualmente porque se convierte en sexoservidoras de una misma comunidad, en donde no hay cuidado sanitario y sufren enfermedades contacto infecciosas. (Antonio Heras).

 

Publicado en: Noviembre 2005



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